martes, 19 de marzo de 2019

Eras.

Y cada vez que sonreías me dabas vida. Cada vez que me mirabas me hacías brillar, y no lo sabías. Eras ese todo, y esa nada, que me hacía sentir completa y vacía. Eras lo mejor y lo peor, las risas y las lágrimas, la alegría y la decepción, la esperanza y la desilusión. Eras mi lugar seguro y mi mayor peligro, y cuando te tenía cerca me sentía a salvo del mundo, pero expuesta a vos. Eras mi escape de todo, pero estaba siempre alerta al momento en el cual tendría que escapar también de vos. Eras el síntoma y el remedio, la droga y la rehabilitación, el golpe y la caricia, eras mi paz y mi intranquilidad. Y cada vez que no sonreías te llevabas mi vida. Y cada vez que me hacías llorar, me apagabas, y no lo sabías. Eras tantos sentimientos opuestos, eras un collage de tantas emociones encontradas, eras tantas cosas que quería y tantas otras que no, que tomé coraje y supe alejarme.

Porque mi adicción era que apagaras el incendio que comenzabas, donde siempre me quemaba yo. Porque tuve que cortar de raíz mi obsesión por entregarme a vos para que me siga sanando quién constantemente me rompía. Porque entendí que aunque les ponías bandas, las heridas seguían sangrando porque vos -mi cura y mi destrucción- seguías jugando a abrirlas. Porque comprendí que tú presencia arruinaba más de lo que construía. 

Eras eso que se parece bastante al amor, pero no le hace justicia, entonces tomé coraje y supe alejarme. Entendí mientras me miraba al espejo que había una única persona que podía salvarme.

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