miércoles, 21 de agosto de 2019

Deseos incumplidos

A los cinco años estaba segurísima de que quería ser una princesa, y me puse muy triste cuando mi mamá me explicó que eso no era posible, pero menos mal que no pasó. No sé si podría vivir una vida de renunciar a libertades. A los seis años lloraba porque no quería empezar la primaria, hasta que dejé de llorar y entré, porque no tenía opción. Y ahí estaban las que serían mis mejores amigas para toda la vida. A los trece me enojé por no comprender por qué razón yo no podía irme de viaje de egresados, pero no pude. Pasé todos esos días con mi abuelo, y fueron los mejores, y los últimos. Porque después el futuro me explicó, que mi abuelo después del viaje de egresados, que por suerte no tuve, se tenía que ir. Al menos fisicamente. Y a los quince maldije a la vida por durante meses por el infierno que tuve que vivir en el colegio, pero después agarré a la tristeza y la empecé a escribir, y ahora acá estoy, todavía y para toda mi vida escribiendo. 
Ahora, a los veintidos, estoy encerrada en mi habitación pensando, y casi casi le pregunto a mi destino por qué no podés ser vos. Casi lo insulto. Casi me ofendo porque lo único que ahora quiero, y deseo, y sé que necesito para mi futuro, no me puede ser concedido. Entonces recuerdo, y pienso, y analizo todas esas situaciones en las que las cosas que quise con todo mi corazón no sucedieron, y muchas veces, eso fue lo mejor que me pudo pasar. Casi siempre, lo mejor que me pudo haber pasado es que lo que quise con todo mi alma no haya podido ser.
Entonces pienso, que aunque ahora esta tristeza lo abarca todo, quizás algún día me toque ponerme contenta de que de todos mis deseos, este sea uno de los cuales no haya tenido que ser. Entonces pienso, con un poco de inocencia, que tal vez quien escriba mi vida se esté riendo de mí mientras piensa ''cuando veas lo que te espera por delante apenas dejes de aferrarte, no sabés lo mucho que me lo vas a agradecer''.

martes, 6 de agosto de 2019

Tu perfume

Querer volver a verte no es capricho ni es obsesión, es solo una especie de deseo con el que me gusta vivir. Nos daríamos un abrazo de bienvenida por cuarta vez en esta vida, y al sentir tu perfume me acordaría de que ya lo conozco bien, pero que mi nariz no puede pensarlo cuando no estás cerca, y entonces ella necesita tu presencia. 
Es que cuando no estás cerca, a la distancia, mi mente puede dibujar tu rostro, y cuando me olvido de algún detalle tengo nuestras fotos, y entonces lo vuelvo a memorizar. Y cuando no estás cerca, a la distancia, mi cabeza puede reproducir el tono exacto de tu voz, y si se empieza a volver díficil tengo tus audios o puedo llamarte, entonces pronto la vuelvo a incorporar, porque en algún lado estaba, todo en algún lugar de nuestro inconsciente está.
Pero con mi olfato el tema es diferente. Yo sé que mi nariz tiene alguna especie de memoria, porque cada vez que este mundo me demuestra que no es tan grande como para separarnos para siempre, yo vuelvo a respirar cerca de tu cuello mientras tus brazos están rodeando mi cuerpo, y puedo jurar que sé que ese fue siempre tu perfume. Pero a la distancia no. Mi nariz a la distancia no recuerda. Y si recordar es traer a la memoria algo percibido, aprendido o conocido, o retener algo en la mente, puedo dar fé de que el olfato es un sentido que no sabe retener nada del todo. Lo retiene en el inconsciente hasta que lo vuelve a sentir. Pero acá, sóla en mi habitación y a dos mil kilómetros de tu cuerpo, no puedo pensar en tu perfume y gracias a eso sentirlo dentro mío. No como hago con tu rostro. No como hago con tu voz. 
Querer volver a verte no es capricho ni es obsesión, es solo una especie de deseo con el que me gusta vivir. Nos abrazaríamos de bienvenida por cuarta vez en esta vida, y al sentir tu perfume recordaría que ya lo conozco bien, pero que mi nariz no puede pensarlo cuando no estás, y entonces ella necesita tu presencia. Y podría preguntarte la marca, y comprarme uno, y usarlo en mí para engañarme un rato, pero dicen que los perfumes se sienten diferente según la piel que los lleva puestos, y yo necesito ahora mismo sentir el perfume que vos usás, y el olor exacto que adquiere cuando está en tu cuello, y no en el mío, ni en el de nadie más.

Porque, aunque ahora no puedo recordarlo, sé que para mí justo esa es la fragancia de la felicidad.